lunes, 16 de noviembre de 2015

Mareas de noviembre.

Él era verano, era salitre y había llegado en mi invierno. Sus ojos habían aparecido como dos faros que ayudan a los náufragos, pero él no me había rescatado o yo no había querido. Me dejé arrastrar por la marea hacia el espigón. Apenas sentía el dolor, solo el vaivén de las olas, el agua inundando mis pulmones. Él mantenía la mirada fija en mi cuerpo, pálido ya. Quieto, un ser inmóvil que rompía la oscuridad cada cinco segundos, mientras las olas rompían el silencio y mis huesos. Esos mismos segundos los aprovechó la marea para llevarme lejos de él, de mi misma, de la vida. 

Ahora yo era salitre, aunque seguía siendo el mismo invierno sin rastro alguno de ningún de verano. 


sábado, 17 de octubre de 2015

Vengo del Norte.

                                                       Vengo del Norte,
                                                       de donde las sirenas siguen llamando a Ulises,
                                                       de donde los recuerdos se borran con la lluvia,
                                                      de donde los destinos se reman con los brazos muy abiertos.
Aurelio González Ovies. 

Hay que ser mar
para llorar por dentro
e inundar el océano
que rebasa tu cuerpo.

Un mar embravecido
que, con calma,
rompa en las costas,
como las galernas
se alzan sobre los espigones
de nuestros huesos.

Hay que ser mar
para luego ser tierra,
ser el verde de las montañas
que vean tus ojos
y me muevan como el aire
que corta mis cimas.

Hay que ser mar
para llover en diagonal
y mojar la tierra que fuimos.
Provocar el olor a humedad
para que se quede por fin
en tu pelo.

Hay que ser mar
para llegar a tierra firme,
llorar y llover
y volver
al mar,
al Mar del Norte.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Galernas.


El otoño había llegado más gris y frío que otros años, esto es algo que habría agradecido en otra ocasión, pero esta vez no. Se había adelantado unas semanas y venía acompañado, mientras que ella llegaba con retraso a su encuentro solo con lo puesto, una sonrisa cargada de recuerdos tristes, que le parecían más lejanos de lo que a ella le hubiera gustado sentir.
El mundo corría bajo las últimas lluvias del mes de agosto, pero ella los ignoraba mientras se fundía con la humedad que encrespaba su melena y caminaba sin rumbo, hacia el mar, el suyo propio. La galerna de aquel día podía sentirse desde cualquier rincón de la ciudad, de cada persona o de su alma.

Las olas rompían dentro de su escarpado corazón a cada paso que daba. El aire impulsaba el agua salada por sus venas para así soportar la furia del temporal. La lluvia, mientras tanto, caía cada vez con más fuerza, resonando sobre su piel, sobre su mar embravecido.

Sentía cómo se iba adentrando en la galerna y sabía que aquel mar del norte no la iba a soltar jamás. Se dejaba atrapar, arrastrar y ahogar. Cada segundo que pasaba bajo el agua se asfixiaba y al mismo tiempo se sentía libre, ligera. 

Ella se había convertido en aquella galerna que azotaba la costa, era mar y era tormenta. Era libre. 

lunes, 8 de junio de 2015

Historias de arena.

Al besar su piel sólo podía recordar
el mar tranquilo
rompiendo
-lentamente-
en sus playas.

La brisa norteña remueve su cabello
y ella teje sueños
-rotos-
con la arena que se escapa
fugazmente
entre sus dedos.

El agua moja sus pies,
los hunde entre historias
-abandonadas-
en el fondo del mar.

Va y viene,
continuamente,
mientras sube la marea.

Él se ahogaba en sueños,
ahora intenta escapar
-y no puede-
de ese mar
que otros ojos encierran.